Por una parte,
las ciudades son grandes consumidoras de recursos y energía -en
su mayoría provenientes del exterior- que resultan imprescindibles
para sostener los procesos productivos y la vida de los ciudadanos.
Al mismo tiempo, los núcleos urbanos, sobre todo aquellos que albergan
actividades industriales, son grandes generadores (y exportadores)
de desechos líquidos, gaseosos y sólidos nocivos para la salud sus
habitantes y perjudiciales para su entorno.
En la medida
que las ciudades se han desarrollado demográfica, tecnológica y
espacialmente, estos flujos de recursos, energía y desechos se han
ido conformado, extendiendo y profundizando, conformando un particular
"metabolismo", y dejando atrás una innegable "huella ecológica"
de efectos ambientales.